Ha pasado apenas una semana desde el estreno de ‘Gente que conocemos en vacaciones‘ en Netflix y la película ya se ha acomodado sin apenas dificultad entre los títulos más vistos de la plataforma. No solo ha resistido el empuje de varias novedades fuertes -como podría ser ‘Stranger Things‘-, sino que se ha convertido en una de las comedias románticas más comentadas del inicio de 2026.
Con una estructura que salta entre varios veranos y un reparto que funciona desde el minuto uno, el filme dirigido por Brett Haley -que además esstá inspirado en ‘Cuando Harry encontró a Sally‘- es ligero, encantador y emocionante, y se sostiene en gran medida por la química entre Tom Blyth y Emily Bader, que aportan a sus personajes esa mezcla de nostalgia, tensión y torpeza que pide el género.
Viajes, amistad y decisiones incómodas
La historia comienza con Poppy Wright, que dedica su vida a viajar y a contar sus experiencias. Como escritora de una revista, ha convertido los aeropuertos en su segunda casa y las ciudades desconocidas en un refugio. Sin embargo, después de varios años con esta rutina, algo empieza a resquebrajarse. El detonante llega con una boda en Barcelona, donde Poppy se verá obligada a convivir con Alex Nilsen (Blyth), su mejor amigo desde la universidad y una persona con la que no habla desde hace años.
La película alterna entre esa boda en el presente y diferentes viajes del pasado que explican cómo Poppy y Alex establecieron una tradición: una semana al año lejos del mundo, solos y sin obligaciones. Ella improvisa, él planifica y mientras ella avanza sin mirar, él teme desviarse del plan. Aun así, juntos encuentran una versión de sí mismos que solo aparece durante las vacaciones, lo que convierte la ruptura entre ambos en un enigma que la película va desgranando poco a poco.
El núcleo del filme es la interpretación de sus protagonistas. Emily Bader evita que Poppy sea un arquetipo irritante y la convierte en alguien vulnerable y Tom Blyth, por su parte, juega desde la contención y los pequeños gestos, lo que hace que cada breve momento de sinceridad pese un poco más cada vez. Esa dinámica entre opuestos sostiene la tensión romántica sin necesidad de subrayados.
Y aquí tiene mucha importancia el guion coescrito por Yulin Kuang, Amos Vernon y Nunzio Randazzo, que respeta la estructura del material original sin confundirnos. El ir y venir en la línea temporal añade capas al reencuentro entre ambos dentro del sofoco, la humedad y un apartamento sin aire acondicionado, hasta que el pasado y el presente chocan de forma inevitable.
Quizá lo que le resta fuerza a la película sean sus secundarios, que nunca llegan a desarrollarse del todo. Aunque lo cierto es que no desmerece al filme, muy centrado en acertar contando la historia de Poppy y Alex.
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Ser como las demás está bien
Al final ‘Gente que conocemos de vacaciones’ brilla por su ternura y encanto. La película logra capturar la calidez de la amistad que se transforma en algo más, con momentos que hacen sonreír incluso a los que somos más reacios a disfrutar con las tramas románticas predecibles -como es mi caso-.
Cada interacción entre Poppy y Alex está llena de delicadeza, con gestos pequeños que transmiten mucho. Y tampoco necesita grandes giros dramáticos ni escenas espectaculares para conquistarnos, porque su fuerza está en cómo muestra lo cotidiano, en la complicidad que se construye a lo largo de los años entre los personajes y en la manera en que ambos se encuentran a sí mismos mientras se encuentran el uno al otro. Es un romance ligero y al mismo tiempo profundamente conmovedor, que deja un sabor dulce después de verlo.
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