Mientras la industria cinematográfica, obsesionada con las propiedades intelectuales y los materiales preexistentes, se empeña en buscar fórmulas de éxito en base a la repetición casi algorítmica de fórmulas y patrones que han demostrado funcionar a la perfección en varias —tal vez demasiadas— ocasiones, una de las cartas más interesantes que puede jugar un creativo para levantar un proyecto es la de la deconstrucción.
Ya sea con un género, como la que firmó Clint Eastwood con el extraordinario western ‘Sin perdón’ —hermanado tangencialmente con el largometraje que nos ocupa—, de un tropo narrativo o de un personaje, la socorrida “vuelta de tuerca” se convierte en un aliciente de lo más atractivo para elevar una historia dentro de un medio centenario en el que las oportunidades de innovar de algún modo brillan por su práctica ausencia.
Flechazos al aire
Con ‘La muerte de Robin Hood’, Michael Sarnoski, que hace doblete como director y guionista tras su inesperadamente notable ‘Un lugar tranquilo: Día 1’, ha abrazado esta premisa para retorcer la leyenda del otrora héroe titular en un relato de redención con una estructura tan disonante como su visión del bandido y la que terminó arraigando en la cultura popular desde sus primeras aventuras narradas en torno al siglo XII.
Y es que la producción, 100 % marca de la casa A24 –al menos de la A24 previa al abrazo a la inteligencia artificial—, hace gala de una dualidad rítmica y tonal digna de elogio en lo que a la toma de riesgos respecta, pero que termina alzándose como un arma de doble filo tras unos 30 minutos iniciales arrolladores y dominados por la crudeza, la suciedad, la violencia más descarnada y un sentido del espectáculo tan sobrio como impactante.
Por desgracia, una vez toca a su fin su magnífico arranque, ‘La muerte de Robin Hood’ nos sumerge en 90 minutos mucho más convencionales y, lamentablemente, soporíferos, en los que los excesos de gravedad y la familiaridad del arco de personaje del protagonista minan por completo la efectividad del primer acto. Por suerte, la película guarda un par de ases bajo la manga que la salvan entre la tentación de lanzar miradas furtivas al reloj de forma recurrente.
El primero de ellos es un reparto particularmente inspirado, destacando una Jodie Comer que brilla como el necesario contrapunto luminoso en un universo mohíno y asfixiante, llegando a eclipsar a Hugh Jackman, sobradamente eficiente en un rol que parece estar llevado a la pantalla como una especie de repetición con el piloto automático de su ‘Logan’ de 2017 —lo cual no es, necesariamente, algo negativo—.
Pero, por encima de todo, ‘La muerte de Robin Hood’ deslumbra gracias a la magnífica dirección de fotografía de Patrick Scola, colaborador habitual de Sarnoski. El DP ha elevado la ya de por sí fantástica puesta en escena del realizador, exprimiendo las texturas del fotoquímico a favor de la atmósfera y jugando inteligentemente con los formatos y las relaciones de aspecto de un modo que, por otro lado, hace aún más evidentes los altibajos del conjunto.
Resulta casi contradictorio —y, por qué no decirlo, decepcionante— que una aproximación original y radicalmente distinta al bandido de Sherwood haya acabado resultando mucho más rutinaria y anodina de lo que cabría esperar. Pero, incluso con este poso de amargor en el paladar, ‘La muerte de Robin Hood’ puede etiquetarse como un éxito —comedido, eso sí— únicamente por sus esfuerzos para distanciarse, con mayor o menor fortuna, de los lugares comunes y las dinámicas repetidas ad nauseam.
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